Trabajo en diseño de experiencias digitales desde 2008, pero hubo un momento que cambió por completo mi forma de entender mi rol.
Hace unos seis años, trabajando en Banco Galicia, empecé a involucrarme de lleno en la estrategia de implementación y adopción de un sistema de diseño a escala. Ya no se trataba solo de construir componentes o definir lineamientos visuales, sino de algo mucho más profundo: generar acuerdos, facilitar conversaciones, alinear equipos, trabajar con stakeholders y construir roadmaps que permitieran que el sistema realmente se adoptara y creciera en toda la organización.
Ahí entendí que el verdadero valor no estaba solo en construir, sino en potenciar.
Potenciar equipos, decisiones, procesos y resultados.
Desde entonces fui ampliando mi mirada y mis habilidades hacia producto, datos y tecnología, con un objetivo muy claro: que el diseño genere impacto real y medible, y no se quede en buenas intenciones o soluciones aisladas.
Hay algo que me molesta especialmente cuando entro en organizaciones grandes: la convivencia de experiencias inconsistentes producto de herencias tecnológicas, decisiones visuales fragmentadas y la falta de inversión en sistemas pensados desde producto. Cuando eso pasa, el usuario lo percibe. Siempre. Y los equipos también.
Mi trabajo suele empezar ahí: ayudando a ordenar ese contexto para que la experiencia vuelva a tener sentido.
Como líder, tengo algunas convicciones muy claras. No creo en el micromanagement, no creo en exponer personas, no creo en gritar ni en vender humo. Creo en la confianza, en la conversación honesta y en construir contextos donde las personas puedan tomar decisiones, equivocarse, aprender y hacerse cargo de lo que hacen.
Lo que más orgullo me genera no son los títulos ni los cargos, sino ver resultados concretos. Ver cómo un esfuerzo sostenido y un proceso bien transitado se convierten en realidad. Ver cómo mejora el día a día de los diseñadores, cómo los sistemas se adoptan, cómo los equipos trabajan con más claridad y cómo los resultados se validan con métricas.
Y, sobre todo, ver crecer a las personas con las que trabajo.